"A partir de la Mujer"
 
   
2.- PERDONARSE A SÍ MISMO

Las muertes por accidente casi siempre acarrean sentimientos de culpa. Cuando la persona ‘culposa’ no ha recibido acogida, cuando no ha sabido ni podido hacer su duelo, este ingrato sentimiento puede transformarse en verdadera obsesión

No es usual recibir una llamada de una polola; entre otras razones porque cuando se es joven por lo general no existe ni la actitud ni el deseo de vislumbrar algún posible problema. Pero Mónica (estudiante de sociología, 23 años) llamó a Fundación Chile Unido preocupada por su pololo Pato, compañero de carrera y de su misma edad.
Lo siguiente es su relato: “Hace tres años, Pato tuvo un accidente de auto donde murió su hermano mayor. Habían salido los dos y manejaba Cristián, pero en una parada cambiaron y poco después se les cruzó el camión. Pato siempre se echó la culpa porque según él podría haber tirado el auto a la cuneta. Todo el mundo le dijo que eso era imposible porque el camión venía demasiado rápido. El problema de fondo es que el papá nunca trató de convencer a Pato de esto. Tampoco lo consoló. Simplemente calló su pena – Cristián era el mayor de los hijos y muy regalón de su padre – sin hablar más del tema. El año pasado este caballero murió, parece que de un infarto, pero todos decían que fue por pena porque nunca se pudo recuperar de la muerte de su hijo. Esto fue terrible para Pato. Si antes se echaba la culpa por una muerte, ahora era por las dos. Muchas veces me ha dicho que su papá lo odiaba por haber matado a Cristián. Se está carcomiendo por dentro con estas ideas. Yo le digo que nada que ver, que su papá lo quería, pero que era malo para expresar sentimientos. No encuentro la manera de consolarlo ni de sacarle estos malos pensamientos. Cuando nos graduemos tenemos pensado casarnos, pero yo no quiero empezar una relación más en serio con esta carga. Más que nada porque no sé cómo manejarla. Por eso pido ayudo. Díganme qué debo hacer o decir”.

La persona que atendió el llamado le explicó a Mónica que tratara de convencer a Pato para que llamara él. Él es el involucrado y afectado. Ella contestó que no creía que lo hiciera, ya que es un “tema de mucho conflicto que le trae mucho dolor”. Sin embargo, ante la sorpresa de su polola, Pato aceptó concurrir a una cita en la Fundación Chile Unido.
“Tengo un remordimiento atroz. Siempre me he sentido culpable de la muerte de mi hermano Mi padre en eso fue muy duro porque yo sentí día a día su odiosidad hacia mí. Era como que me dijera ‘por qué no te mataste tú que ibas conduciendo?’. Nunca un abrazo, nunca un cómo te sentís tú, cómo te ha afectado esto. Sólo la cara dura y con pena. Súper fuerte y doloroso para mí. ¿La actitud de mi madre? Bueno, tampoco fue uy que salvaje cómo me apoya, pero al menos hasta el día de hoy me dice que no debo echarme la culpa, que fue obra del destino.
“Pero nada de esto importa mucho. Yo podría haber vivido tranquilo con lo del accidente. Lo atroz fue cuando murió mi padre porque ahí me vino muy fuerte el que nunca me perdonó. Me hubiera gustado un gesto suyo; una sonrisa como diciendo no te preocupes, estamos en paz. Pero nada. Se fue sin despedirse y entonces yo me puse mal. Me llené de odio contra él por todo lo que me hizo sufrir. Cristián no fue hijo único; yo también fui su hijo. Jamás quise que muriera Cristián. Fue una mala pata; si podría haber sido al revés, me podría haber muerto yo o los dos. La cosa es que nunca me perdonó. Estoy seguro que me odió después del accidente y se fue odiándome y esta idea no me la puedo sacar de la cabeza.

Debido al alto nivel de angustia que demostró tener, Pato fue derivado a una sicóloga. Ella le explicó que el sentimiento de culpa es un síntoma presente en la gran mayoría de los casos de muertes por accidente, y que también en la gran mayoría de los casos, este sentimiento no tiene razón de ser, a pesar de lo cual cuesta mucho sanar esa herida.
Con relación a la actitud del padre, efectivamente no tuvo el comportamiento que Pato hubiera querido. Una actitud de dolor por lo acontecido, pero al mismo tiempo de acogida al otro hijo que igual estaba sufriendo lo indecible por la pérdida de su hermano. La sicóloga señaló que el dolor de los padres al perder un hijo es tan inconmensurablemente grande que muchas veces se olvidan de los otros hijos. El hijo muerto pasa a estar “vivo” para los padres, en el sentido de que éste está permanentemente en sus mentes y corazón; mientras que los hijos vivos “mueren” para los padres, en el sentido de que no tienen la capacidad de ocuparse de ellos, de verlos o escucharlos siquiera. Se podría decir que el dolor de la pérdida ocupa todos los huecos. Y esto fue lo que le pasó a esta familia. Cada uno se encerró en su pena. No hubo un compartir el dolor.

Otro factor que Pato debe tomar en cuenta es el escaso tiempo transcurrido (poco más de dos años) entre una y otra muerte. El padre seguramente no tuvo tiempo de terminar su duelo. Su dolor fue tan grande que no habló simplemente por “la herida que aún le sangraba”. Además él sufría de enfisema, razón por la cual estaba muy delicado de salud. Como consecuencia debía cuidarse mucho, y esto muy probablemente lo llevó a evitar emociones, como por ejemplo, tener una conversación con Pato acerca del accidente.
Se le explicó a Pato que él debe asumir el hecho que la muerte de su hermano fue tremendamente doloroso para su padre, que lo dejó incapacitado de hablar. Como también debe asumir que tampoco él hizo el intento de acoger a su padre en duelo.
Después de muchas sesiones. Pato ha ido aprendiendo que debe comprender y luego perdonar a su padre. Pero, en primer término – y quizás lo más importante – debe perdonarse a sí mismo. El se auto inculpó de las dos muertes: la primera fue un acto fortuito y la segunda fue producto de una enfermedad. Muy seguramente, por causa de la no-acogida que sintió de ambos padres, Pato tampoco pudo procesar bien su propio duelo e hizo un duelo patológico. Después de varios meses de atención, Pato ha ido reconociendo sus sentimientos más profundos, logrando el perdón para sí mismo y para su padre, lo que le permite decir: “Hoy empiezo a mirar hacia delante”.

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