"A partir de la Mujer"
 
   
1.- EL REGRESO DE LA HIJA PERDIDA
Igual que en el evangelio El Hijo Pródigo, esta madre perdonó a su hija y la acogió cuando llegó enferma con un cáncer terminal, después de haberse arrancado de la casa sin jamás llamarla por espacio de quince años

“Estoy de vuelta en la casa de mi madre. Después de quince años sin verla, de no llamarla, de hacerme la indiferente, ella me ha recibido con los brazos abiertos”.
El testimonio de Erika llega más lejos. No es sólo una reconciliación. Erika ha vuelto porque se está muriendo y sentía que no podía irse sin antes pedirle perdón a su madre.

Esta historia empieza muchos años atrás. Erika era la segunda de doce hermanos, todos hijos de Waldemar y Eva, gente sencilla de la zona de Llanquihue que se vino a Santiago cuando tenían sólo cuatro niños.
Con la llegada de más guaguas y la pobreza que les impedía surgir, Eva no pudo vigilar mejor a sus hijos mayores. Sólo se enteró de sus malas conductas cuando Erika y su hermano grande fueron apresados tratando de entrar a robar en una casa. Eva cuenta que trató de darles más atención, “pero no tenía tiempo y además ambos chiquillos ya se habían acostumbrado a la calle y por eso me fue imposible sacarlos de ahí”.
El hijo mayor murió poco tiempo después en una riña de drogadictos. Fue entonces cuando Erika se fue a vivir con un hombre que su madre consideró inaceptable, “pero cansada como estaba no pude hacer nada por impedirlo. Me limité a rogarle que terminara su relación con él y por supuesto que no me hizo caso”. Durante los dos años siguientes, Eva se sintió acosada por Erika y este hombre. “Llegaban en un tremendo auto a mofarse de nosotros. Ella con una ropa que a mí me dolía el alma verla. El siempre drogado, o curado mal hablado, insolente con ella y con nosotros. Yo no entendía para que venían. A puro reírse de nuestra situación. Mi marido un día se enfureció y los echó. Veo a Erika en la puerta gritando: ‘se van a arrepentir; no voy a volver nunca más’. Al cabo de un mes averigüé dónde vivía y unos vecinos me dijeron que se habían ido para Arica. Mi niña se fue y nunca más la vi. Tenía 18 años”.

Efectivamente Erika se fue a Arica. Pronto terminó su relación con aquel hombre, pero después de él vinieron varios más. En los años que siguieron, tuvo dos hijas de dos hombres distintos. Con el primero se casó, sólo para separarse poco tiempo después porque él le pegaba. Cuando podía trabajaba de dependiente en alguna tienda. Otras veces vendía artículos robados en una feria. En dos oportunidades estuvo presa. Su relato de aquellos años sobrecoge el espíritu. “No sé cómo logré subsistir yo y mis chiquillas. Fue todo una pesadilla; por eso cuando empecé a sentirme mal y fui al consultorio y descubrieron que estaba con un avanzado cáncer al intestino y que me quedaba poco de vida, entré a una iglesia a maldecir a Dios por todo lo que me había mandado. ¡Hasta cuándo!, le grité. Una señora que estaba ahí rezando me escuchó y estuvo como media hora hablándome. Me preguntó si tenía padres. ‘Sí en Santiago, pero no puedo volver donde ellos porque en quince años no los he llamado y además me porté pésimo con mi mamá. Le dije tantas barbaridades, jamás me va a perdonar; no puedo ir a pedirle que me acoja después de todo lo que le hice’. Esta señora me insistió que me fuera a Santiago. ‘Piensa en tus hijas, en manos de quién van a quedar cuando te mueras. Anda donde tu mamá, yo te puedo apostar que ella te ha perdonado que rato’. Antes de despedirse me contó un evangelio de Jesús. Se llama el Hijo Pródigo. A mí me emocionó mucho el hijo pecador y el padre que lo perdonó. Me vi retratada en el hijo. Este cuento me hizo cambiar de actitud y me fui con las chiquillas a Santiago”.

Tal como lo anunció la señora en la iglesia de Arica, Eva abrazó efusivamente a su hija. En las horas siguientes, lo único que hacía era tocarla y hacerle cariño en el pelo.
“Pasamos dos días contándonos nuestras respectivas vidas” señala Erika. “Yo no sabía que mi papá se había muerto. Tampoco que tenia tres hermanos que nacieron después que me fui. La menor es de la edad de la mayor mía y se hicieron íntimas. Mi pobre mamá está viejita. La enfermedad de mi papá y la falta de plata la tienen así. Al principio fue puro ponernos al día. Yo trataba de ayudarla en las cosas de la casa, pero la verdad no podía. Me sentía demasiado cansada. Como a la semana me llegó la oportunidad de hablarle. De repente capté que estábamos las dos solas y ahí le dije que me quedaba poco de vida y que necesitaba su perdón. ¿Saben, cuál fue su reacción? No, yo te tengo que pedir perdón a ti porque no pude cuidarte, no pude enseñarte y no pude protegerte. ¡Qué linda mi vieja! Cómo lloramos las dos esa tarde y cómo me arrepiento de haberme ido de su lado. Me perdí quince años de su ternura.

Cuando conocimos a Erika, ella nos dijo que el mes que llevaba en Santiago era la mejor etapa de su vida. “He encontrado una alegría tan grande. Suena raro, pero este cáncer ha sido lo mejor que me ha pasado. Si no me hubiera enfermado, quizás dónde estaría metida. Se me está acabando la vida, pero estoy en paz conmigo misma y con todos. Mi mamá me regalonea, me da los remedios, me cuida a las niñitas. Hay un ambiente tan lindo en esta casa. Son muchos los que viven bajo el mismo techo y todos se quieren y se ayudan. Con todos he hablado de la muerte y todos me han prometido que me llevaran hartas flores y que cuidarán de mis chiquillas. Duermo abrazada de mi mamita. No tengo miedo. Estoy tan agradecida de Dios por todo lo que estoy viviendo con ella. Será hasta que El me llame a su lado”.

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