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Mujeres
El título
suena provocativo, particularmente si es un hombre el que está
escribiendo. Pero también es peligroso. Después
de todo, hablar sobre las mujeres es algo complejo y resulta
casi imposible hacerlo sin tocar sensibilidades, lo que puede
generar reacciones que hagan que me arrepienta de tamaña
osadía. Por lo mismo, comienzo estas líneas haciendo
saber que mi único interés aquí es velar
por el futuro de mis cuatro pequeñas hijas.
“¡Estoy
agotada!”. Es el título de una novela que está
de moda. Por supuesto que su lectura no está incluida
en mis planes, pero de todos modos me he percatado del inequívoco
entusiasmo que tienen las mujeres en este libro; derivado, por
supuesto, de la descripción de situaciones con las que
se sienten identificadas.
Algunos
datos para dar contexto. En Chile, el 36 por ciento de las mujeres
trabaja –50 por ciento en el segmento 25-34 años
y 70 por ciento entre quienes tienen título universitario–,
cifra que creció ostensiblemente en la última
década, pero que todavía es baja. Desde hace veinte
años que las mujeres tienen mayor acceso a la educación
superior que los hombres. Casi un tercio de los hogares está
encabezado por una mujer, y se observa un sostenido aumento
de los quiebres matrimoniales. Desde 1990 han nacido cada año,
en promedio, siete mil niños menos que el año
anterior; y el número de hijos por mujer ha descendido
a la mitad en treinta años, llegando a 2,26. La gran
mayoría de las empresas no cuenta con alternativas de
jornada flexible, media jornada o trabajo desde el hogar.
A la luz
de estas pocas cifras, el título de aquel libro parece
la consecuencia esperable de uno de los más importantes
procesos de transformación social que se han vivido:
el ingreso masivo de la mujer al mundo laboral. Este solo cambio
ha producido un desequilibrio sistémico de proporciones,
que en nuestro país está teniendo como principal
víctima a la propia mujer, particularmente a esa que
está en sus treinta y tantos, que trabaja y que al mismo
tiempo es dueña de casa, madre y esposa. En una imagen
reconocible para todos, a esa cajera de supermercado que está
en su puesto de trabajo un día domingo a las 11 de la
noche.
El síntoma
del problema es esta mujer agotada, pero la causa no es su legítimo
deseo o necesidad de trabajar, como podría fácilmente
pensarse. Lo que provoca el problema, y la tensión vinculada
a él, es que nuestra sociedad se está demorando
mucho en producir los ajustes requeridos para alcanzar una nueva
situación de equilibrio. Entre otros, esos ajustes tienen
que ver con la flexibilidad laboral y, por qué no decirlo,
con una redefinición del rol del hombre en el hogar.
Si este tipo de cambios no se produce, la presión sobre
la mujer y la familia será insostenible.
Juan Carlos
Eichholz
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