EMPODERAMIENTO FEMENINO ¿HACIA DÓNDE NOS LLEVA?
La historia moderna contempla desarrollo y mejores oportunidades para la población mundial en general. Sin embargo, continúa esta especie de angustia y determinismo en puntualizar específicamente, el hecho que la mujer aún no alcanza los grados de participación (valoración) que se merece.
Es así como ha sobrevivido en el tiempo el uso del término “empoderamiento de la mujer” como un llamado más bien de alerta (¿para los hombres?) de que las mujeres quieren más ¿y mejor?..
Las chilenas podríamos ser la excepción, ahora que contamos con una Presidenta y equivalencia absoluta dentro del Poder Ejecutivo, entre hombres y mujeres, pero ¿nos garantiza eso por sí solo mejores oportunidades?
El nuevo escenario demanda replantearse el futuro y las sendas por las cuales los actuales cargo de poder político podrían conducir y ramificar uno de los pilares fundamentales dentro de todo debate intelectual: la utilización del mismo.
Según Nicolás Maquiavelo: el poder es un atributo del soberano, entendido como el individuo gobernante de un Estado. Para Karl Marx, en cambio, es un atributo de las clases sociales dominantes. Finalmente, para Max Weber, el poder es la emanación de los dones de la Autoridad y la Legitimidad encarnados en el individuo gobernante. ¿Cuál sería el que mejor se acondiciona a las necesidades de las mujeres hoy?
Entre líneas, es cierto. La asimetría en salarios o la escasa participación en cargos de alta responsabilidad pública y privada reflejan que, a pesar de los espacios ganados, el camino permanece pedregoso, incómodo y difícil de asimilar por parte de algunos estratos de la sociedad. Pero, por otro lado, afirmar tan categóricamente de que la mujer no está satisfecha y desea mayor equidad, mayor igualdad y mayor dominio no conllevan a solucionar el primer desafío: el reconocimiento del papel que la mujer desempeña tanto dentro como fuera del espacio social.
Los proyectos en carpeta, que esperan su turno para ser resueltos en el Congreso, otorgan una pauta sobre cómo el Estado planea organizar sus políticas públicas en pos de su población femenina. O sea, cómo piensa constituir a su sociedad y cuáles son los valores que propone para construirla. Para esto se debe tener en cuenta que la mujer es un agente de cambio social y desde ella provienen padrones culturales que ella ayuda a cimentar desde el seno de toda sociedad: la familia.
El empoderamiento real se iniciará cuando a la mujer se le entreguen las herramientas de juicio necesarias para que ella pueda elegir entre ser o no madre en un contexto en donde quede claro la necesidad de respeto, compromiso y fidelidad; cuando la sociedad la apoye y se organice para que ella logre administrar su tiempo al salir a trabajar fuera del hogar; que ella tiene alternativas válidas y auxilio, que no involucren atentar contra la vida de inocentes, cuando surge un embarazo no deseado; que ella es apreciada en cuanto a su esencia y complementariedad con el hombre, lo que la hace distinta y muy necesaria para un avance certero y permanente de la sociedad.
Como plantea Weber, en su definición de poder, la emanación de los dones de la Legitimidad y la Autoridad, en este caso de la mujer, no se imponen por la fuerza o por la cantidad de mujeres ejerciendo un cargo sino, más bien, por situar a la mujer, y sus necesidades, en el primer pedestal. Para aquello, es imperativo que nuestras líderes reconozcan aquellas carencias que todavía le impiden a la mujer insertarse realmente dentro de un proyecto social que la acoja y asiente, que la mujer no tiene por qué entrar en contradicción con sus pares masculinos, mucho menos imitándolos.
PAULA SCHMIDT
Comité Editorial
Fundación Chile Unido
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