La decisión de tener o no tener hijos pasó de ser un tema privado a ser un problema público. Con tasas de 1,9 hijos por mujer, Chile enfrenta una transición demográfica avanzada ya que disminuye la natalidad y la mortalidad, aumentando el envejecimiento de la población. Si seguimos la pauta informativa, al parecer todavía no hemos internalizado lo que esto significa. Hoy la legítima preocupación por el calentamiento global o la extinción de ciertas especies del mundo animal se toma la agenda noticiosa y no somos conscientes que tenemos un problema de ecología humana.

En los próximos años habrá menos población activa y más pasiva, una creciente necesidad por cuidar adultos mayores en vez de niños, menos colegios y más hogares de ancianos, más demanda por geriatras que por pediatras, entre otras miles de consecuencias que más bien se asocian a efectos en el crecimiento del país. El fenómeno no debiera dejar indiferente a nadie porque si Chile tiene cada vez menos jóvenes trabajando, innovando y generando valor, podríamos perder la posibilidad de dar el salto al desarrollo.

Algunas causas de este fenómeno se han asociado a la modernidad, especialmente a la incorporación de la mujer al trabajo y al costo de oportunidad que implica tener hijos versus otras opciones de desarrollo personal. Si bien hay parte de eso en juego, un estudio de la Facultad de Gobierno de la Universidad del Desarrollo buscó otras variables que podrían estar influyendo y determinó que la principal causa por la cual los chilenos dejan de tener hijos, es el costo de una buena educación. Lo que estaría detrás de esta opción, es el concepto de “hijos de calidad”, es decir, tener pocos, pero bien educados. Según la investigación, las personas tienen una mala percepción de la educación pública gratuita y una clara conciencia de que una mejor educación, genera mejores oportunidades.

La falta de tiempo para la crianza, es la segunda razón por la cual los chilenos deciden tener menos hijos y nos encontramos con que la dificultad para equilibrar trabajo y familia aparece como un argumento importante dentro del mismo estudio. Entonces la pregunta es, ¿qué hacemos frente a la baja natalidad?. Al parecer las soluciones van por tres caminos, la primera es la implementación de políticas inmigratorias abiertas, pero por períodos acotados de tiempo. Se ha demostrado que cuando el inmigrante asume los mismos comportamientos demográficos que la población local, la medida pierde su efecto. La segunda propuesta tiene que ver con incentivos monetarios a las familias con más de dos hijos, articulación de los impuestos por matrimonio y disminución de la carga tributaria a las familias numerosas. En este último punto, suena razonable pensar, por ejemplo, que una persona con cinco hijos pague menos impuestos que un soltero. Por último, la incorporación de políticas públicas destinadas a la conciliación entre vida laboral y familiar, entre ellas más flexibilidad de jornadas, postnatal flexible, más trabajos part-time lo que facilitaría tanto la incorporación laboral femenina como la natalidad.

María Paz Lagos V.
Colaboradora Fundación Chile Unido

 
     
     
     
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