| Octubre 2007
Se habla de un Chile del 2020 como una fecha
casi simbólica, pero tal vez sólo unos
pocos logran imaginar el país en que le gustaría
vivir en 10 años más. Entonces, la necesidad
de establecer metas comunes, redes sociales y reciprocidad
se hace cada vez más evidente para asimilar los
cambios de manera positiva y así lograr formar
una mejor sociedad. Sin embargo, existe un elemento
básico para avanzar en buen camino: la confianza.
Sin confianza es imposible crecer en pro de un objetivo
colectivo.
Actualmente, esa confianza nacional no es evidente.
Si abarcamos el concepto capital social como las normas
o valores compartidos que promueven la cooperación
social, según la definición de Francis
Fukuyama, podríamos decir que hoy en Chile nuestros
niveles de capital social están más bien
bajos. La Encuesta Bicentenario UC-Adimark, revela que
los chilenos tienen alta confianza interpersonal en
su entorno cercano, es decir, confían en sus
familiares y amigos, pero al mismo tiempo no muestran
la misma disposición frente a la comunidad más
amplia. Sin duda, lo primero es altamente positivo,
ya que la familia constituye el principal núcleo
para construir capital social. Es en esta instancia
donde las personas logran establecer relaciones que
permiten potenciar lo mejor de cada uno y a la vez tener
un leitmotiv común que es lograr la felicidad
y el desarrollo del conjunto de los miembros del grupo
familiar.
Pero al mismo tiempo, existe una cierta disociación
entre las expectativas de la gente frente a este espacio
de intimidad que se llama familia y la realidad. La
disminución del número de matrimonios,
el aumento de los divorcios, la baja natalidad entre
las mujeres casadas, la tensión entre el mundo
laboral y familiar y la creciente violencia al interior
de las casas dan cuenta de ello. Estos datos nos indican
muchas cosas, pero entre otras que hoy las familias
están sujetas a demasiadas demandas, donde cada
una trata de responder a ellas en forma solitaria.
El excesivo aislamiento en que vive cada familia y la
desconfianza de ésta hacia la comunidad en general,
está produciendo parte importante de sus problemas.
Hemos visto en estos días a una hija que mata
a su madre por sentir desesperación al tener
que cuidarla sola, hemos visto a hombres que matan a
sus parejas, niños convertidos en delincuentes
por padres superados por tener que sacarlos a adelante
solos, entre otras situaciones que nos hablan de soledad,
de mucha soledad. ¿No sería más
fácil que ante una dificultad matrimonial se
compartieran los problemas con otros que pudieran simplemente
escuchar? ¿No sería más fácil
que entre un grupo de vecinas se organizarán
para cuidar a sus hijos mientras otras trabajan? Si
bien actualmente el Estado y las empresas deben tener
una especial motivación por ayudar a las familias
a cumplir su tarea como formadora de personas y capital
humano, son también las mismas familias las que
deberían estar abiertas a pedir ayuda y generar
vínculos más allá de su entorno
cercano. El hombre no fue hecho para vivir en soledad,
menos hoy día, en que las demandas del mundo
contemporáneo nos exigen armar equipos, formar
vínculos estables y adaptarnos a un mundo en
permanente cambio.
María Paz Lagos V.
Comité editorial Fundación Chile Unido
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