"A partir de la Mujer"  
   
 

La Cuarta, 2005

Al programa de asistencia de la Fundación Chile Unido
Llaman muchos padres, madres e hijos que no se ven entre sí porque tiempo atrás algo pasó que cortó la relaciones. El calendario ofrece fechas especiales para buscar estrechar nuevamente aquellos dañados lazos familiares.
Este es el caso de una reunificación para el Día del Padre

Esta historia empezó a tejerse mucho tiempo atrás y tuvo su desenlace hace justo un año. El protagonista principal es Rolando de 26 años, quien trabaja como ejecutivo de ventas en una empresa exportadora. Las mujeres , cariñosamente, lo llaman El Turco. En efecto, tiene ascendencia mitad otomana, mitad palestina. Él alcanzó a conocer a su abuelo paterno, “un hombre terco y súper machista” que murió a mediados de los noventa. Al que recién conoció de grande fue a su propio padre. El menor después de tres mujeres, Rolando tenía dos meses de vida cuando sus papas se pelearon tras descubrir ella que él llevaba una relación amorosa con otra mujer. Por increíble que parezca, la que salió perdiendo fue María Teresa. Su enojo hizo que recibiera la reprobación de su suegro, cuyo carácter machista lo llevó a acusarla de poco tolerante. Ella se transformó en la mala de la película “porque no tenía ningún derecho de reclamar en contra de lo que se considera natural y normal en la vida de todo hombre”. Así, de un día para otro, esta mujer se quedó sin casa, sin familia política y sin el sustento que le proporcionaba su marido. Por acusarlo de traición marital se encontró en la calle, y su familia de origen poco y nada podían hacer por ayudarla ya que su situación económica era bastante precaria.

Pero esta historia no le pertenece a María Teresa (quien finalmente pudo salir adelante y rehacer su vida) sino a Rolando, quien sufrió toda su infancia y adolescencia a causa del abandono del padre. Creció mimado por la madre y hermanas mayores. Era delicado de salud, tímido y tenía problemas de déficit atencional. Durante casi toda su escolaridad se sintió exigido a la vez que rechazado por sus compañeros. Además, a medida que crecía, le sobrevino una fuerte crisis de identidad. La falta del padre era obvia. Entre los 11 y 13 lo trató una psicopedagoga, quien descubrió que era brillante, sano de mente y sin tendencias homosexuales (como pensaba su madre); pudiéndose decir que su único problema era el deseo de saber de su padre. La especialista le dijo que debía buscarlo y encararlo por lo que hizo. Rolando contestó que no se atrevía, que le iba a doler mucho a su madre. ‘Llegará el día en que tu dolor sea más fuerte que el temor de lastimarla– le explicó ella -. Cuando esto suceda no dudes en buscar a tu padre’.

Dos años más tarde, “sin que yo me lo haya propuesto, me puse a mirar la guía de teléfono. Nunca antes lo había hecho, no sé por qué. Encontré siete personas con mi apellido. El nombre de mi papá no salía, pero sí el de mi abuelo. Llamé y salió una señora, yo soy fulano de tal y busco a mi padre o a mi abuelo, le anuncié. Silencio al otro lado. Señora, si usted los conoce, ¿me puede ayudar? Era mi abuela. Yo no sentí ninguna emoción en ese momento; para mí esto era como un trámite, como ir al Registro Civil a sacar un nuevo carné”

Abuela y nieto se juntaron a tomar té en el centro dos semanas después. “Ella estaba súper nerviosa y por todo se emocionaba y lloraba. Me dijo que mi padre vivía en Europa, que ella hacía muchos años no sabía nada de él porque se había peleado con su padre. Entonces quiero ver a mi abuelo. Él está muy enfermo, la verdad le queda poco de vida porque está con cáncer. Pero yo insistí, que si no yo me las arreglaría solo para llegar a su casa y meterme”.

Rolando tuvo una sola reunión con su abuelo pocos días más tarde. El caballero estaba efectivamente muriéndose, pero aceptó conocer a su nieto. Le dijo que el más perjudicado era él mismo porque perdió a su hijo y la descendencia de éste y que fue su orgullo lo que le impidió reconocer el error y pedir perdón. ‘El ángel de Señor te envió, ya que yo, por mi carácter, estaba impedido de salir a buscarte’.

El abuelo murió y Rolando no fue más a esa casa. Sintió que su presencia perturbaba a la abuela. “Seguramente le recordaba a su hijo pródigo y como ella de alguna manera se sentía culpable de haber apoyado al marido y no al hijo, le daba o pena o vergüenza verme a mí”.

Rolando se olvidó por años de este episodio. “Lo guardé en el corazón y fue una polola que tuve la que me dijo que tenía que sanar porque un día la herida me iba a empezar a supurar y quedaría la embarrada. Ella me dijo que llamara a la Fundación y me derivaron a un especialista donde estuve un año en tratamiento. Me motivaron a seguir buscando a mi padre. Volví a tomar contacto con la familia, pero ahora con quienes eran mis primos. Al tiro me quisieron ayudar y se pusieron a indagar e interrogar a sus padres y tíos. Salió que mi padre vivía en Barcelona, pero nadie tenía su dirección o teléfono. Tuvieron que pasar otros dos años, que yo terminara mis estudios y juntara plata, para ir allá. ¡Fue increíble! Como pasó con el abuelo, a él también lo encontré a la primera y esa misma tarde que hicimos contacto nos juntamos a un café. Fue muy impresionante verlo llorar y abrazarme. Su problema también fue el orgullo, algo que yo no logro entender. ¿Cómo perder a tu familia por la soberbia? Resulta que la relación con la otra mujer duró la nada y, según me explicó, quiso volver con nosotros, pero no tenía cara para enfrenar a mi madre y le echó la culpa de toda su inseguridad a su padre y éste se enojó, se gritaron cosas hirientes y él se picó tanto que decidió perderse para siempre. Para mí es un enigma cómo pudo suceder todo esto. Mi conclusión es que el machismo y el orgullo pueden transformarse en verdaderos lastres que matan”.

Después de esta reunión, Rolando volvió a Chile, pero durante meses mantuvo un estrecho contacto con su padre vía e-mail. Con ocasión del día del padre, el año pasado le mandó un pasaje ida y vuelta de regalo. “Pensé, ojalá que el viejo se quede aquí; me importa un comino perder la mitad de la plata”.

Su deseo se cumplió. Enfermo, sin dinero y, sobre todo, con muchas ganas de tener familia, su padre se quedó en Chile y hoy vive en un departamento cercano al de Rolando. De sus tres hijas, dos ya han hecho la paz con él y ayudan a cuidarlo. Rolando está muy esperanzado de lograr “el último milagro”.

“Nosotros, los hijos, fuimos víctimas de esta situación. No veo por qué mantener el rencor. Yo busco la paz y para eso primero hay que perdonar con el corazón”.

 
     
     
     
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