| La Cuarta, 2005
Detrás de cada caso de violencia intra familiar
se esconden un sin número de factores o causas
que sólo personas especializadas pueden ayudar
a develar. En el caso de Lucía, la conducta de
su madre cuando aún era niña, fue la razón
por la cual se dejó agredir durante largo tiempo
por su marido.
Después de sacar a su marido de la casa y recuperarse
físicamente del golpe recibido, Lucía
llamó al programa Comunícate de la Fundación
Chile Unido. Había visto los spots que dieron
por televisión el año pasado y siempre
buscaba el folleto Vida Afectiva y Sexual los días
domingos. “Como que sabía que algún
día mi matrimonio terminaría mal y tendría
que recurrir a ustedes”, señaló
por teléfono en junio recién pasado.
Lucía y Jorge se casaron en el invierno del 98.
Originaria de La Serena, Lucía vivía donde
su abuela paterna mientras estudiaba Pedagogía
en la Universidad de Chile. Tenía entonces diecinueve
años recién cumplidos. A los seis meses
de conocerse, la segunda vez que fue a casa de sus suegros,
éstos, en tono de broma le dijeron “ojalá
que contigo Jorge deje de tomar”.
“Recuerdo que me sorprendí, como que no
entendí porque la verdad ni me había dado
cuenta que Jorge era tan bueno para las piscolas. Yo
nunca había salido con alguien antes, él
fue mi primer pololo y por eso yo no sabía cuánto
era lo normal que podía tomar un hombre. Como
nunca me había tocado verlo borracho, no pesqué
la advertencia. Tiempo más tarde mi suegra me
pidió que tuviera cuidado, que no dejara de controlar
a Jorge para que no se le pase la mano. Yo filo con
la cuestión. Estaba enamorada y feliz de casarme.
No podía tomar a mi suegra en serio. Y no me
lo recrimino, en aquella época era imposible
que yo captara la dimensión del problema”.
Durante cuatro años nada grave pasó. De
repente las piscolas era demasiadas y Lucía tenía
que manejar de vuelta. Una noche Jorge estaba tan borracho
que se quedó dormido en el auto. “Yo lo
retaba, él se achunchaba, me pedía perdón
y eso era todo. Para qué preocuparse, esto sucede
hasta en las mejores familias, recuerdo que pensé
para mis adentros”.
La situación cambió drásticamente
cuando Lucía se puso a trabajar el año
pasado. Con la aprobación de Jorge, dejó
a sus mellizos de cuatro años y a su hija de
casi dos al cuidado de la abuela y entró a trabajar
en una agencia de seguros. Al mes Jorge la insultó
por primera vez. “Me dijo que me había
vuelto puta en alusión a cómo me vestía.
Me dolió mucho; no se estaba refiriendo a mi
ropa, que era de lo más decente, sino que me
estaba sacando en cara a mi mamá. Ella era una
mujer bellísima, rubia, alta, con unos ojos almendrados
color miel. Cuando yo tenía ocho años
dejó a sus cuatro hijos. El papá nos dijo
que se había enamorado de otro hombre, pero de
más grande supe que ella metía gallos
a la casa y que cuando el papá la pilló,
la echó de la casa y ella se fue para no volver.
De los insultos Jorge pasó a la agresión
física. Empezó con tirones de pelo y empujones
para muy pronto seguir con vejámenes mayores.
Lucía se percató que él estaba
tomando, que era cuando llegaba curado que se ponía
violento. “Nadie se dio cuenta porque los golpes
nunca fueron en la cara. Me agarraba por el cuello o
el pelo, me arrastraba escalera abajo, me pegaba puñetes
en la espalda para luego violentarme sexualmente. Al
principio era de vez en cuando, una vez cada dos meses,
pero después ya era cada cuatro días que
me venía encima. Hubo ocasiones que no pude ir
a trabajar. Me dolía caminar y hasta respirar.
Sabía que iba a perder la pega y también
sabía que Jorge no cambiaría. Aunque me
quedara todo el día en casa, él me seguiría
pegando.
“Me sentia sola – continúa -. Era
tal mi vergüenza que no me atrevía acudir
a mi familia o a alguna amiga. Había una que
yo adivinaba sabía lo que me pasaba, pero nunca
me preguntó abiertamente y entonces yo tampoco
nunca le dije nada. Estoy segura que fue Dios quien
la mandó esa mañana a mi casa. Javierito
le abrió la puerta y ahí me vio inconsciente
en el suelo. Jorge dormía arriba. Cuando despertó
fue porque dos carabineros lo remecieron. Mi amiga los
llamó a ellos y a la ambulancia. Menos mal no
me dejaron hospitalizada, yo estaba desesperada por
volver a mi casa y ver en qué estaban los mellizos.
¿Qué se le explica a un niño que
ve a su madre tirada en el suelo sangrando? ¿Qué
se le contesta cuando pregunta que por qué llegaron
los pacos a la casa? ¿Cómo se llegan a
olvidar tales escenas? Yo no quería esto para
mis hijos, pero en la Fundación me han ayudado
a asumir lo que nos pasó como familia. Lo que
más me ha costado es no sentirme culpable. Sí,
culpable por no haber parado esto a tiempo, por haberme
dejado agredir, que Jorge me convirtiera en víctima
y yo callado el loro con la cabeza baja en vez de luchar
y reclamar. Me han explicado que esto se debe a mi baja
autoestima. Yo, inconscientemente, me identificaba con
mi madre cuando, al principio, mi marido me acusaba
de ser una mujer de la calle. El actuaba así
de puro celoso y yo, en lugar de pararle el carro altiro,
tomé el rol de acusada y me autocastigué
dejándome agredir. Decirlo ahora suena fácil,
pero yo creo que aún debo trabajarlo más
para asumirlo del todo. Ha sido difícil de captar
porque yo apenas recuerdo cosas de mi madre. Yo nunca
la vi con otro hombre, pero en cambio sí recuerdo
el sufrimiento de mi padre hasta el último día
de su vida. Eso de alguna manera me debe haber marcado.
Así me lo explican. Yo tenía la herida
y se puede decir que me empezó a supurar la primera
vez que Jorge me dijo aquello que yo estaba igual que
mi madre. Ahora entiendo que él no está
en su sano juicio. Es un enfermo. Menos mal no lo he
vuelto a ver desde aquel día que lo sacaron de
la casa. Mi primera intención entonces fue liquidar
mis cosas e irme a vivir a La Serena, pero en la Fundación
me aconsejaron no seguir huyendo. Yo no había
captado, dicen que huí de La Serena por la sombra
de mi madre. Ahora estaría huyendo de Santiago
por la mala sombra de mi marido. Mejor es asumir y enfrentar
las situaciones dolorosas. Estoy segura que puedo sanar
de la primera y segunda herida y que puedo hacer felices
a mis hijos. Confió en la providencia de Dios.
Él me va a ayudar”.
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