"A partir de la Mujer"  
   
 

La Cuarta, 2005

Hay dolores que no se van fácilmente; heridas que dejan una huella tan profunda que no queda otra que aprender a asumir que ya son parte de uno, que nada ni nadie las podrá borrar jamás.
¿Cómo se sobrevive? Verónica encontró la respuesta en la ayuda profesional y en la oración

Pensó que la sanación no sería posible. Llevaba años luchando contra el dolor, tratando de llenar el vació del abandono de sus padres. Por más que trataba, Verónica no lograba olvidar y cada vez que veía una película “con lindas escenas entre padres e hijos”, terminaba llorando a mares y durante los dos días siguientes no hacía otra cosa que pensar “en esa familia que me había tocado el alma”.

“De repente pensaba que como que buscaba hacerme daño por poner la película en repetidas ocasiones y dedicarme a sufrir viéndola. Yo tenía conciencia que esto no me podía hacer bien, pero sentía que era incapaz de frenarme”.

Verónica es farmacéutica y trabaja como jefa de un céntrico local, ubicado no muy lejos de su departamento en Las Condes. Vive sola, “con dos gatos”, desde que su tía abuela materna, a quien cuidaba, murió hace cinco años. Ella cumplió treinta en Diciembre último, pero aparenta bastante más por su manera de vestir y de hablar. Es alta y muy flaca; con su facha podría andar a la moda y verse estupenda, pero explica que no le gustan los jeans ni los pantalones; las chalas ni las poleras, ni menos los petos. Le gusta la ropa de colores oscuros: negro, gris o café. Traje sastre con blusa blanca, falda recta, chaqueta ajustada, pañuelo al cuello y tacos altos; éstas son sus prendas favoritas. El pelo lo usa corto y escarmenado y se pinta los ojos con sombra celeste y mucho rimmel. Su manera de hablar tampoco corresponde a su edad. Habla lento y muy pronunciado, sin jamás comerse una sílaba o usar alguna palabra de moda. Al revés, dice frases que ya hace rato desaparecieron del vocabulario popular.

“Mi niñez fue sumamente triste. Nunca conocí a quien era mi padre y mi madre… (se queda callada un par de segundos; se nota que está incómoda, que le cuesta decir lo que viene a continuación) era una vedette. Bailaba en locales nocturnos y yo no tenía posibilidad de convivir con ella porque nuestros horarios eran diferentes. A mí me cuidaba una empleada que teníamos. Tía Rosa le decía yo. No tengo recuerdos de una relación cercana con ella. Generalmente, dormía y la verdad es que nunca mostró interés en mí. Pasé mi juventud entre dimes y diretes con mi madre. Yo me sentía una extraña en su presencia. Me acuerdo que siempre me llamaba la atención por diferentes razones, entre las que no me vestía como ella deseaba. Ella quería que yo anduviera como chiche.”
Como a los quince años, Verónica comenzó a frecuentar la casa de una hermana solterona de su madre que sufría de fibromialgia, una dolorosa enfermedad degenerativa. “Ella me insistía que saliera con amigas, pero yo no acostumbraba juntarme con gente de mi edad ya que era muy insegura en aquella época. Todavía lo soy, pero en menor grado que de joven”.

Cuando Verónica llamó a la Fundación Chile Unido para pedir “orientación a mi problema de disconformidad con la vida y conmigo misma”, la persona que la atendió quedó muy sorprendida por lo muy poco que podía contar de sí misma. En no más de dos minutos hizo un resumen de su vida: una infancia sola con una madre fría, cuidar de una tía y estudiar una carrera profesional eran los únicos tres hitos de ésta. Amigas dice no haber tenido, pololos tampoco. Salvo dos idas a recorrer Viña y Valparaíso sola, nunca había salido de Santiago. “Mi vida se centra en el cumplimiento de mi trabajo, en alimentar a mis gatos, cuidar mi departamento y de mí misma, y no tengo más que añadir”, sentenció como punto final.

La Fundación la derivó a una sicóloga. Verónica manifestaba que tenía un desgano generalizado y que se sentía muy sola y como presa en una caja de vidrio. El problema era que no lo asumía y se castigaba a sí misma por cosas que había hecho su madre. Pero esa era la vida que su madre había vivido, no la de ella. Era tal su rechazo a lo que implicaba la vida de su madre, que había negado en sí misma todo vestigio de algo parecido a su madre, negando su feminidad, su coquetería, encasillándose en un rol y una imagen que no le permitían sacar todo lo que había en su interior y haciéndole ser un “personaje” que no la dejaba desarrollarse.

Después de algunos meses de terapia, dice que ya no se siente “en un bloque de hielo”, que las trancas están lentamente desapareciendo, que por fin se atreve a hablar de su madre y a reconocer abiertamente lo que era verdaderamente (una prostituta).

Llegar a este punto fue un camino muy doloroso. En primer lugar tuvo que aprender a llorar en público, a reconocer cuánto le dolía. Le costó muchísimo asumir el dolor del abandono: el de su padre, pero también de su madre que si bien vivía con ella, no le dio amor. Antes lo negaba, refugiándose en el solitario camino de su exagerado sentido de responsabilidad. Lo otro que tuvo que aprender fue a perdonar. Primero a sus respectivos padres; uno por desaparecer sin rastro y a su madre por dejarle una huella de descariño y despreocupación.

El siguiente paso fue perdonarse a sí misma y lo logró gracias a la ayuda de un sacerdote que “me enseñó el valor y la fuerza de la oración”. Sin tener conciencia de ello, Verónica se castigaba por lo que su madre había sido. “Yo tendía a censurar todo acto que me parecía liviano, hasta que entendí que la única perjudicada era yo misma puesto que me estaba enterrando en vida”.

Hablamos con Verónica hace unos meses y la notamos bien. Se está abriendo a la gente y a su necesidad de contactarse con otros, a dar y recibir cariño. Ha cambiado su imagen física, está más arreglada y ella manifiesta sentir que es como si hubiera cambiado de lentes ópticos ya que ahora ve el sol, los detalles de las cosas, siente intereses diferentes, ganas de gozar de la vida.

 
     
     
     
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