"A partir de la Mujer"  
   
 

La Cuarta, 2005

Este es el caso de una madre que provocó un espiral de malas decisiones y actuaciones entre sus descendientes como consecuencia de su conducta autoritaria y descalificadora.

“Qué madre aconseja a su hija hacerse un aborto”, pregunta llorosa Melanie (23 años). Fue ella la primera en acercarse a la Fundación Chile Unido. Dijo sentir horror y pena por lo ocurrido dos años atrás, pero, “como pasó el Día de la Madre, siento que el dolor se agudiza aún más y necesito hablar de lo que me pasa”.

Melanie no es su verdadero nombre. Tampoco su madre se llama María Teresa ni su abuela Isabel. No quiere que la reconozcan “por mi inusual historia”, por eso prefirió al anonimato.

Para entender su problema hay que remontar al pasado; a la historia de Isabel y la relación que tuvo con sus tres hijas mujeres y único hijo hombre. Este era su regalón, su razón de vida, su motor y adoración. Desde el momento de su nacimiento, centró toda su atención en él, volviéndose impaciente y intolerante con las niñitas que lo antecedían. Extremó con ellas su autoritarismo, justificándose por ser viuda y, como tal, tener doble responsabilidad con su familia. Mientras al menor lo mimó, a las otras le exigió al máximo y si no cumplían sus responsabilidades escolares o domésticas, las castigaba y descalificaba por inútiles. Como resultado de semejante actitud, la mayor de las hijas siguió el ejemplo de su madre y hoy es considerada petulante, agresiva y manipuladora por su hermana menor. La segunda siguió el camino opuesto. Huyó de su casa a los 17 años, se ha casado tres veces. La tercera, María Teresa, creció quitada de bulla, asintiendo en todo a la madre, sin queja ni reproche. Se casó con su vecino, un hombre tranquilo a quien conocía desde los 10 años por ser amigo de su hermano. Arrendó un departamento tres pisos más arriba de Isabel, y tomó la costumbre de bajar todos los días y ponerse al servicio de su madre. Cuando nacieron sus guaguas (Melanie y después un hombre), buscó la manera de seguir acompañándola sin jamás tener conciencia del mal trato que recibía a cambio. Unos cinco años más tarde, su marido tranquilo y bueno le anunció que hace tiempo tenía una amante y que se iba a vivir con ella. María Teresa se puso a trabajar y el tiempo libre pasó a ser un bien escaso. Corría entre sus hijos y su madre, la que cada vez le exigía más atención. Pero María Teresa nunca se quejó.

“Yo no me daba cuenta del daño que me hacía – aclara -. Claro, hubo ocasiones en que sentía ganas de mandarla al demonio, pero cómo, si es mi mamá y ya está vieja. Entonces callaba. No me di cuenta que ella dirigía mi vida y la que sufría las consecuencias era la Melanie. Yo me encontraba cariñosa con mis hijos; por eso me extrañó tanto saber que ellos pensaban otra cosa. Sé que no era efusiva, eso de andar abrazando y tocando todo el tiempo no está en mí. Era mamá nomás; una mamá común y corriente, pero igual no la que ellos querían que fuera. Eso me han dicho ahora”.

Cuando Melanie anunció que estaba embarazada, “la abuela montó en cólera” . Lo que más le preocupaba era “que el padre no pensaba en casarse y que todo el mundo se enteraría que yo era madre soltera. Mi mamá como que no atinó en un principio. No me decía nada, quedó como en stand by y eso para mí fue bien desconcertante; por eso, cuando me di cuenta que había tomado cartas en el asunto, como que se lo agradecí y simplemente le hice caso”.

María Teresa le propuso a su hija hacerse un aborto. De una día para otro, cuando el embarazo ya había entrado en el segundo mes, le dijo a Melanie que tenía ubicada una clínica donde “quedaría como nueva”.

“Fuimos juntas. Recuerdo que saliendo del edificio miré para arriba y vi a la abuela espiando por la ventana. No capté entonces que ella lo había instigado todo y que mi mamá, acató su sugerencia. Fue horrible. Entrando a la sala de procedimientos yo me puse a llorar que no quería. Mi pobre guaguita, pensaba. Yo le estoy negando el derecho a vivir. No quiero hablar más porque es demasiado fuerte lo que siento. Me da demasiada pena mi guagua y demasiada rabia mi madre y mi abuela. Caí con depresión. ¡Era obvio! Me quería matar. Nunca lo intenté, pero ganas tenía. Hubiera sido mejor porque de ahí me puse a tomar hasta casi volverme alcohólica. Salía todas las noches, me acostaba con cualquiera y si no me metí en la droga es sólo porque Dios es grande. Me pasó algo curioso: no me gustaba la droga; no me pasaba nada, ni siquiera con la marihuana. Ahora pienso que Dios me estaba protegiendo. Mirando para atrás, me doy cuenta de que perdí cuatro años de mi juventud. Miren cómo estoy. Si tengo cara de carreteada y por dentro me siento sucia. ¿Saben lo que es sentir asco de uno misma? Eso siento yo y por eso he recurrido a la Fundación. Ya topé fondo. Mi abuela murió el año pasado y me han contado que mi mamá ha entrado en una etapa de reflexión. Yo hace mucho que no la veo o llamo. La que más pena me da es mi guaguita porque era una inocente criaturita. Yo, cuando la maté, ya tenía 19 años. No puedo fingir que no sabía lo que hacía, y echarle la culpa a mi madre no es justo. Todas estas cosas pienso ahora y por eso estoy aquí”.

El dolor de Melanie es el que siente una mujer al abortar. Puede asumir diferentes caminos, pero el dolor reaparece una y otra vez. Con Melanie hemos iniciado un camino de acompañamiento en que ella aprenderá a perdonarse a sí misma, a su madre y recibir el perdón de su hijo. Deberá pasar inevitablemente por las etapas del duelo para renacer y retomar su vida y hacer de ella algo valioso y con sentido para que lo ocurrido no sea en vano.

 
     
     
     
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